Al hombre que hacía las casitas nadie lo llamaba de esa manera ni pensaba en él en los términos de su hobby; quizá porque no tenía el aspecto -si es que se puede tener alguno- de un hombre que desde los nueve años construía maquetas de fósforos con la ambición... Ver más
Al hombre que hacía las casitas nadie lo llamaba de esa manera ni pensaba en él en los términos de su hobby; quizá porque no tenía el aspecto -si es que se puede tener alguno- de un hombre que desde los nueve años construía maquetas de fósforos con la ambición de armar una ciudad de dieciséis manzanas. Aún a sus cuarenta y tres años mantenía inacabado el proyecto, pero no lo preocupaba, se sentía a gusto con lo que hacía y satisfecho con cada una de las decisiones que había tomado en su vida, incluso con las últimas. Siempre tuvo la firme convicción de que vivía del mejor modo que podía, lo que no implicaba que alguna vez se hubiera sentido feliz. La completitud era un concepto que por principios -¿matemáticos principios?- prefería alejar de su camino.
Todo en él eran números y cálculos, tanto para realizar sus construcciones en fósforo y cartón como para el resto de las cosas. Un hombre de setenta años vivía 25.550 días, ¿cuántos serían entonces los segundos de entera plenitud en esos 36.792.000 minutos? Es posible que durante las horas muertas al volante de su taxi intentara alguna respuesta personal; si lo hizo jamás contó nada de eso a Leticia. Más atinado sería creer que las cifras arrastraban en sí mismas el absurdo de cualquier atisbo de vanidad.
Ver menos